Agosto

2 de agosto | Beato Juan de Rieti, religioso

Jordán de Sajonia, nos ha dejado en su libro Vidas de los hermanos de la Orden de San Agustín, la fotografía de Juan de Rieti:“Había también un hermano joven, en la ciudad de Rieti –con el nombre de Juan–, sencillo, humilde y siempre de semblante alegre; era muy afable y social, y nada distinto de los demás en el comer y en el beber, y en otras cosa que pertenecen al trato común de los hermanos; pero en lo escondido era muy singular.

Manifestó mucho amor y caridad para con todos los hermanos. Jamás salió palabra de su boca, ni se vio en él obra alguna que desdijese de la caridad fraterna.

Obsequioso con todos, lo fue principalmente con los enfermos y con los huéspedes, a los cuales lavaba los pies, limpiaba los vestidos y les cedía sus mismas cosas, mostrándoles con alegría la caridad de su inmenso corazón”.

Fray Juan nació en Castel Porchiano, en Umbría (Italia) y fue hermano de la beata Lucía de Amelia, agustina secular. Murió en Rieti joven y feliz porque había hipotecado su alma para el cielo.“Los árboles y las plantas –comentaba el beato a través de una sencilla y profunda reflexión– germinan, crecen, dan fruto y mueren sin apartarse un punto de las leyes que les ha fijado el Creador. En cambio los hombres, a quienes Dios ha dado inteligencia y prometido un premio eterno, se oponen continuamente a su voluntad” (Jordán de Sajonia, Vidas de los hermanos de la Orden de San Agustín, pp. 105-106).

Ocurrió su muerte a la temprana edad de diecisiete años.Es probable que todavía no hubiera comenzado los estudios de teología que, de ordinario, duraban cinco años, ya que ningún agustino podía ser promovido al sacerdocio antes de los veinticuatro años de edad. La santidad, sin embargo, no va unida a ningún calendario y la Iglesia presenta a hombres y mujeres ejemplares de todas las edades.

Sus restos se veneran en la Iglesia de San Agustín de Rieti que tiene una bellísima fachada del siglo XIII, con una puerta monumental gótica del siglo XIV. El Papa Gregorio XVI confirmó el culto de este beato agustino en 1832.

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17 de agosto | Santa Clara de la Cruz de Montefalco, Virgen

Nació el año 1268 en Montefalco, cerca de Asís, en la Umbría italiana, que es tierra de santos: san Francisco, santa Clara... Su gran talla mística iluminó con la luz de su espiritualidad los inicios de la historia de la Orden de San Agustín.Tanto a ella como a sus hermanas, sus padres supieron transmitirle una fe precozmente madura, el gusto por la oración y una tierna devoción a la Pasión de Jesús. Hizo su profesión religiosa con el nombre de Clara de la Cruz.

Mujer penitente hasta el extremo, ayunaba con frecuencia y pasaba largo tiempo en oración. Como sucede en la vida de muchos elegidos de Dios, durante años supo lo que es la tentación, la noche oscura y la fría soledad del alma.También experimentó los signos de la pasión de Cristo grabados en su corazón.

Elegida superiora, aunque no se había dedicado al estudio, la ciencia del espíritu la condujo a ser madre, maestra, y sabia consejera para sus hermanas y para los sacerdotes, obispos y teólo- gos que acudían al convento.

Clara de Montefalco vivió una espiritualidad centrada en la pasión de Jesucristo y la devoción a la Cruz. Su unión íntima con Jesucristo la llevó a un amor delicado a la Iglesia, a sus hermanas de comunidad y a los necesitados. Murió el 17 de agosto de 1308.

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19 de agosto | San Ezekial Moreno, obispo

Nació en Alfaro, ciudad agrícola de La Rioja (España), el 9 de abril de 1848.Vistió el hábito religioso en el convento de los agustinos recoletos de Monteagudo (Navarra) en 1864 y profesó como religioso el 22 de septiembre de 1865.

Enviado a Filipinas, el 2 de junio de 1871 fue ordenado sacerdote en Manila. El Capítulo Provincial de 1885 le nombró prior del convento de Monteagudo. Concluido el mandato, se ofreció voluntario para restaurar la Provincia recoleta de La Candelaria en Colombia. Conocido por su celo misionero y sus virtudes, fue nombrado Vicario Apostólico de Casanare y consagrado obispo en 1894. El 10 de junio de 1896 tomó posesión de la diócesis de Pasto, que abarcaba todo el sur del país. Su ministerio episcopal no fue precisamente tranquilo hasta el punto de presentar la renuncia al Papa León XIII.Al no serle aceptada, volvió a su diócesis donde le esperaban los horrores de una cruel guerra civil y un periodo de anticlericalismo y de hostigamiento a la Iglesia católica.

Enfermo de cáncer, y a petición de sus diocesanos, regresó a España donde fue sometido a varias intervenciones quirúrgicas soportadas de forma heroica. Murió en Monteagudo el 19 de agosto de 1906, a la edad de cincuenta y ocho años.

Beatificado en 1975 por el Papa Pablo VI, Juan Pablo II lo canonizó en Santo Domingo (República Dominicana) el 11 de octubre de 1992, en el marco de la clausura del V Centenario de la evangelización de América Latina.“San Ezequiel Moreno, con su vida y obra de evangelizador –afirmó Juan Pablo II– es modelo para los pastores, especialmente para los de América Latina, que bajo la guía del Espíritu Santo quieren responder con nuevo ardor, nuevos métodos y nueva expresión a los grandes desafíos con que se enfrenta la Iglesia latinoamericana”.

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26 de agosto | San Liberato, Bonifacio y Compañeros, Mártires

Liberato, Bonifacio y sus compañeros vivían en un monasterio situado en la zona centro–sur de la actual Túnez. Podemos relacionar a todo el grupo con san Agustín porque la mayoría de los monasterios existentes en África del norte habían sido fundados por discípulos de san Agustín y porque el género de vida de los monjes refleja el pensamiento monástico agustiniano.

Fueron martirizados en Cartago durante el reinado de Hunerico que se mostró especialmente cruel con la Iglesia cerrando los templos y apresando a quienes vivían en los monasterios. Entre ellos, el grupo formado por el abad Liberato, el diácono Bonifacio, el subdiácono Rústico y los monjes Siervo, Rogato, Séptimo y Máximo. Conducidos a Cartago, Hunerico, rey de vándalos y alanos entre los años 477 y 484, hijo y sucesor de Genserico, los encarceló y torturó. Al más joven de todos, Máximo, le ofrecieron la libertad con la condición de que abandonara al grupo. Máximo replicó con decisión a los verdugos:“Nadie me separará de mis hermanos. Con ellos he vivido en el monasterio, con ellos deseo sufrir el martirio y con ellos creo alcanzaré la gloria futura”.

Los siete monjes fueron llevados a una barca, martirizados a golpe de remo y arrojados sus cuerpos al mar. Sus restos fueron inhumados en el monasterio de Bigua, contiguo a la basílica dedicada en Cartago a santa Celerina, una de las primeras cristianas mártir en África.

El 6 de junio de 1671 se concedió a la Orden de San Agustín la celebración litúrgica de estos siete mártires que dieron claro testimonio de unión fraterna y de fortaleza en la fe.

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27 de agosto | Santa monica

Nacida en Tagaste el año 331 ó 332, ocupa el primer lugar en la galería de santos de la Familia Agustiniana por ser la madre de san Agustín. Inseparables el uno del otro, madre e hijo dejan en un segundo plano a Patricio, padre y esposo, y a los otros dos hijos del matrimonio.

La figura de Mónica, con una personalidad muy definida, da consistencia y color a la familia. Ella se encargó de llevar la iniciativa en la educación, con un acento especial en lo religioso. La pedagogía de Mónica, diríamos hoy, es la del testimonio y el acompañamiento perseverantes. Así ganó para Jesucristo a su marido y tuvo una influencia decisiva en la conversión de su hijo Agustín. Con inmenso gozo asistió a su bautismo la noche de Pascua del año 387.

Dios, Jesucristo, la providencia, la vida futura, constituían el credo repetido por Mónica fren- te a las diversiones y embelesos de su hijo. ¿Fue Mónica la clásica madre que se vuelve impertinente a fuerza de discursos y prevenciones? Claramente no, y la biografía de Agustín es toda una aventura de libertad. Habría que decir, más bien, que Mónica huyó de esa pretendida neutralidad que deja a los hijos tambaleándose en el vacío. Fue madre hacendosa y enérgica, creyó firmemente y quiso que la fe fuera otro pan compartido en la familia. Antes de morir, vio a su hijo Agustín cristiano católico y siervo de Dios. Recibió la visita de la muerte con la serenidad de los justos que saben les esperan los brazos del Padre. El año 387 –en expresión de Agustín– “aquella alma fiel y piadosa quedó liberada de su cuerpo”. Murió en Ostia Tiberina, a las puertas de Roma.

Mónica es el tipo de mujer fuerte y prudente de que habla la Biblia y se puede presentar hoy como la madre cristiana con una fortaleza de ánimo poco común, aguda inteligencia y una particular preocupación por la transmisión de la fe a su esposo y a sus hijos.

El Papa Benedicto XVI decía en Castelgandolfo refiriéndose a santa Mónica:“Vivió de manera ejemplar su misión de esposa y madre, ayudando a su marido Patricio a descubrir la belleza de la fe en Cristo y la fuerza del amor evangélico, capaz de vencer el mal con el bien... Como dirá después san Agustín, su madre lo engendró dos veces; la segunda requirió largos dolores espirituales, con oraciones y lágrimas, pero que al final culminaron con la alegría no sólo de verle abrazar la fe y recibir el bautismo, sino también de dedicarse enteramente al servicio de Cristo.

¡Cuántas dificultades existen también hoy en las relaciones familiares y cuántas madres están angustiadas porque sus hijos se encaminan por senderos equivocados! Mónica, mujer sabia y firme en la fe, las invita a no desalentarse, sino a perseverar en la misión de esposas y madres, manteniendo firme la confianza en Dios y aferrándose con perseverancia a la oración” (Ángelus, 27 de agosto de 2006).

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28 de agosto | San Agustín, nuestro Padre, obispo y doctor de la Iglesia

Agustín nació en Tagaste de Numidia, la actual Souk-Ahras, en Argelia, el 13 de noviembre del año 354. Hijo de padre pagano y madre cristiana, compartió la vida familiar con una hermana y un hermano. De inteligencia clara, hizo los estudios primarios en Tagaste. Nace y crece en un ambiente plural. Nada de imaginarlo como estudioso precoz. Él mismo confiesa:“Es el caso, Señor, que no me faltaba ni memoria ni talento, pues tú me habías dotado suficientemente de ellos, de acuerdo con mi edad de entonces. Pero me gustaba jugar” (Confesiones I, 9,15).

Pronto quiso desgranar las preguntas que pertenecen a la trama de la vida y su afán de experimentarlo todo le llevó a la perplejidad y al desasosiego. Mónica le acompañó de cerca, como una sombra saludable, porque sabía bien que asistir insensible a los desvaríos de un hijo que parece no saber dónde hacer pie, es silencio culpable.

Prosiguió los estudios en Madaura, dedicado a la lectura de los libros clásicos griegos y latinos. En Cartago, allá por el año 370, le esperaba la universidad. Es aquí donde se manifestó en él una clara vocación intelectual. Con el título universitario ya en su haber, inició la experiencia de profesor en Tagaste y después en Cartago. De Cartago pasó a Roma donde ejerció la cátedra de Retórica durante un año. Buscando la promoción como profesor, opositó a una cátedra en Milán, donde estaba la corte, y aquí enseñó durante dos años.

El itinerario religioso de Agustín pasó por la relación con distintos grupos religiosos. La lectura de la Biblia, los consejos de su madre y los sermones de Ambrosio, obispo de Milán, le llevaron al puerto de la conversión el año 386. Recibió el bautismo la noche pascual del 24 al 25 de abril de 387.

Fue ordenado sacerdote en Hipona el año 391 y, cuatro años más tarde, consagrado obispo coadjutor de Valerio. Sucede a Valerio en 397 como pastor de Hipona y comenzó a participar en distintos Concilios y Sínodos de la Iglesia de África. Muere en Hipona el 28 de agosto de 430, después de haber fundado monasterios, predicado con ardor la palabra de la salvación y escrito un número importante de libros que son todavía hoy fuente nutricia para el pensamiento cristiano.

En la audiencia general del miércoles día 30 de enero de 2008, Benedicto XVI afirmaba: “El itinerario intelectual y espiritual de Agustín representa un modelo de la relación armónica que debe existir entre la fe y la razón. Esta armonía significa, ante todo, que Dios está cerca de todo ser humano, cerca de su corazón y de su razón. Esta presencia misteriosa de Dios puede ser reconocida en el interior del hombre, porque como decía Agustín con una expresión muy conocida: Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti... Ante la pregunta, ¿qué es lo que san Agustín puede decir al hombre de hoy?, se podría contestar con estas palabras de una carta escrita después de su conversión: Me parece que se debe llevar a los hombres a la esperanza de encontrar la verdad; esa verdad que es Cristo mismo”.

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